Demostrad con hechos vuestra conversión yo andéis pensando que sois descendientes de Abrahán. (Lucas 3:8)

Las realidades profundas del corazón, de la experiencia religiosa, sólo pueden ser confirmadas en su autenticidad por medio de la expresión externa de conductas observables. Cualquiera puede afirmar conocer a Dios, tener una relación personal con Jesús, ser un discípulo, etc., pero, ¿cómo se puede verificar la autenticidad de dichas afirmaciones?. Únicamente por medio de conductas observables.

Es lo que Juan el Bautista les estaba diciendo a sus oyentes. Es lo que Jesús una y otra vez enfatizaba en sus enseñanzas -los frutos son la validación de nuestra experiencia, no nuestras afirmaciones. Es lo que los escritores del Nuevo Testamento ratifican. Pensemos, por ejemplo, en Santiago, el más contundente de ellos; la fe que no se expresa en conductas es muerta, no sirve para nada.

Además, me atrevería a afirmar que estas conductas deben de estar orientadas a bendecir a otros. Es decir, que no se trata de los rituales religiosos. En el Antiguo Testamento el Señor ya afirmó que quería misericordia -dirigida hacia otros- y no sacrificios -el ritual religioso-. También afirmó que podemos honrarle con nuestros labios -el ritual religioso- pero, tener un corazón alejado de Él y nuestro prójimo.

Observemos, pues, nuestras conductas ya que ponen de manifiesto cuán genuina es nuestra experiencia de fe.