Y se oyó una voz proveniente del cielo: Tú eres mi hijo amado, en ti me complazco. (Lucas 3:22)

En diciembre de 1897 Paul Gauguin pintó su famoso cuadro en el que plantea tres preguntas claves para la humanidad: quiénes somos, de dónde venimos, hacia dónde vamos.

Quiénes somos plantea del tema de nuestra identidad. La identidad es la manera en que me percibo a mí mismo y quiero ser percibido por los demás. La identidad es quién soy, qué me define, qué hace que sea quien soy. La identidad es quien creo ser, no necesariamente quien soy.

Los pensadores cristianos afirman que la humanidad tienen una crisis de identidad porque al quererse independizar del Señor ha perdido su punto de referencia y, como diría J.P. Sartre, todo punto finito necesita un punto infinito de referencia. Al carecer del mismo lo que hacemos es construir nuestra propia identidad en base a los materiales que la cultura interesadamente nos proporciona. Así construimos un falso yo, una falsa identidad, una manera de percibirnos a nosotros mismos y ser percibidos por los demás. Piensa que el tema de la identidad, especialmente en occidente, es toda una cuestión  cultural porque las personas tienen que construir su propio yo, su propia identidad, incluso su identidad sexual que ya no viene determinada por el físico.

Contrariamente, la Escritura nos enseña que nuestra auténtica identidad nunca es construida siempre es otorgada y nosotros lo único que podemos hacer es recibirla y desarrollarla. Esta es la gran enseñanza de este simple versículo. Dios le dice a Jesús quién es y, del mismo modo, nos lo dice a cada uno de nosotros: tú eres mi hijo amado, en ti me complazco. Esta es la verdad acerca de ti y de mí. Y cuando conocemos la verdad, tal y como afirmó Jesús, entonces somos libres y, ademas podemos responder a las otras dos preguntas de Gauguin, de dónde venimos y a dónde vamos.