«Pues eres precioso a mis ojos, muy importante, y te quiero». (Isaías 43:4)

Siempre me ha llamado la atención la parábola que contó Jesús acerca de un fariseo que, mientras oraba, se comparaba con un recaudador de impuestos. Daba gracias a Dios porque se consideraba mejor que él: más espiritual, más santo, más dedicado, más fiel y más respetable. Su manera de afirmar su identidad y su valor consistía en mirar al otro desde arriba. «Soy mejor que él». Así respondía a esa pregunta que, de una forma u otra, todos nos hacemos: ¿quién soy?

De la misma manera que algunas personas se definen por lo que los demás piensan de ellas, otras construyen su identidad sobre la necesidad de ser mejores que quienes las rodean. «No sé muy bien quién soy, pero sé que soy mejor que tú, y eso me hace sentir valioso».

Sin embargo, vivir así produce un profundo desgaste emocional, mental e incluso espiritual. Nos obliga a competir constantemente, de manera consciente o inconsciente. Lo sé por experiencia. Siempre aparece alguien con quien compararnos, alguien que parece tener más, saber más o hacerlo mejor. Y, casi sin darnos cuenta, convertimos a los demás en rivales, aunque ellos ni siquiera estén compitiendo con nosotros.

En medio de ese esfuerzo, Dios vuelve a decirme quién soy. Y conviene recordarlo: cuando sé quién soy, puedo comprender cómo vivir. Su Palabra me recuerda que soy precioso a sus ojos, que tengo valor y que soy amado. Lo que el Padre dice de mí es una verdad sobre la que puedo descansar y construir mi identidad.

Saberme valioso a sus ojos me libera de la necesidad de demostrar que soy superior. Puedo reconocer las capacidades de otros sin sentirme amenazado, alegrarme de sus logros sin pensar que me empequeñecen y admitir mis límites sin creer que por ello valgo menos. No necesito restarle valor a nadie para afirmar el mío.

Mi valor descansa en el amor del Padre. Desde esa certeza puedo dejar de competir y aprender a relacionarme con los demás con libertad, gratitud y generosidad.

¿Con quién sueles compararte para sentirte valioso y cómo afecta esa comparación a tu relación con esa persona y contigo mismo?

Si descansaras en la certeza de que eres precioso y amado a los ojos de Dios, ¿qué cambiaría en tu manera de afrontar tus limitaciones y celebrar los logros de los demás?