Así que, cuando les dijo [María Magdalena] que Jesús vivía y que ella misma lo había visto, no la creyeron. (Marcos 16:11)
El breve capítulo de Marcos 16 hace una descripción de apariciones del Jesús resucitado. Lo que caracteriza a todas ellas es la incredulidad de aquellos que fueron notificados por los testigos del resucitado. Una incredulidad que es reprochada por el mismo Maestro.
El pecado no es únicamente una cuestión de las elecciones morales correctas o incorrectas. El pecado es una alteración de todas las dimensiones de nuestra humanidad. Todas ellas, sin excepción, han sido afectadas por el pecado. Es, por decirlo de alguna manera, como si hubiéramos nacido defectuosos; como esos productos que salen de fábrica con fallos y no parece que haya manera de arreglarlos. Es, siguiendo con un intento de explicarlo, como si hubieran conexiones rotas en nuestro interior que dificultan un correcto funcionamiento.
Y creo que una de esas conexiones es la que detecta la dimensión espiritual. No es que no queramos, es que no podemos, es que estamos rotos por causa del pecado y ese sensor, esa conexión falla y nos impide poder experimentar y creer la dimensión sobrenatural en la que Jesús se mueve. La incredulidad está omnipresente en todos los relatos de los evangelios tanto entre los oponentes del Maestro como entre sus seguidores. La falta de conexión con lo espiritual está presente también entre nosotros; somos adoptados como hijos del Dios que ha creado y sustenta el universo, que vive en nosotros por medio de su Espíritu, que ha prometido que estará con nosotros hasta el fin y un largo etcétera. Y todo esto sólo conseguimos que nos asombre de tanto en tanto, en los escasos y breves momentos que los cables rotos, por lo que sea, se conectan.
Tal vez es por eso que Pablo afirmó que vivimos por confianza, no por vista.


