Y Dios se hizo ser humano y habitó entre nosotros. (Juan 1:14)

Cuando era niño (casi, casi, cuando los dinosaurios dominaban la tierra) en mi casa había unos calendarios cristianos de los llamados de taco. Un grueso calendario con una hoja para cada día. En cada hoja se explicaba una historia que después brindaba una moraleja espiritual. Era una delicia leerlas y aún puedo recordar algunas de ellas.

Por ejemplo, la que cuenta que un muchachito observa un desfile de trabajadoras y afanadas hormigas que se dirigían sin remedio hacia una corriente de agua que las ahogaría a todas. El niño, intentó desviar el desfile de los insectos en otra dirección en vano. Les gritó acerca del peligro que les acechaba y hacia el que se dirigían. Todo ello sin ningún resultado. Un adulto que observaba la buena intención y nulo efecto se acercó al chico y le dijo: es imposible que te comuniques con ellos. Para que te entendieran deberías convertirte en una hormiga, bajar a su realidad y explicarles lo que pasa. Seguro que puedes anticipar la moraleja que venía a continuación ¿cierto?

El versículo que encabeza esta entrada literalmente dice que Jesús plantó su tienda en medio de nuestro campamento. Hoy diríamos que se vino a vivir a nuestro, barrio, colonia, corregimiento, urbanización, bloque de apartamentos, etc., etc. Jesús ha tomado la condición humana con todas sus implicaciones. 

Estudié historia en la universidad ¡5 años!. He seguido leyendo acerca de la historia de la humanidad y no hay nada parecido a lo que hizo Jesús. No hay parangón acerca de una divinidad que toma la iniciativa de limitarse a sí misma para tomar la condición humana y vivir como nosotros en medio de nosotros. ¿Hasta que punto somos conscientes de todas las tremendas implicaciones que eso tiene para nosotros?