Yo soy la esclava del Señor. Que Él haga conmigo como dices. (Lucas 1:38)

María, tan olvidada por los cristianos de tradición protestante, es un buen referente de cómo tener una correcta relación con Dios. Estoy leyendo el primer capítulo del evangelio de Lucas y es difícil encontrar algo nuevo en pasajes que son tan conocidos y que uno ha visitado tantas veces. Pero, en mi lectura de hoy, María ha destacado como un referente, alguien de quien puedo aprender por lo menos tres cosas:

La primera, su disponibilidad para hacer la voluntad del Señor. María sería virgen pero no tonta. El diálogo con el ángel muestra que tenía conciencia de las implicaciones de ser una madre soltera en una sociedad patriarcal y el estigma que ello supondría. Las dudas acerca de la paternidad de Jesús le perseguirían toda la vida. Sin embargo, está dispuesta a pagar el precio. ¿Qué precios estamos dispuestos nosotros a pagar por hacer su voluntad?

La segunda, la encuentro en el versículo 45 donde Isabel define a María como alguien feliz, bienaventurada, porque tiene la capacidad de creer en las promesas hechas por Dios ¿Tenía Isabel en mente la incredulidad de su marida a quien un enviado del Señor le prometió descendencia? María me confronta con mi capacidad de creer las promesas de Dios, y no simplemente de forma intelectual, sino actuar sobre ellas.

La tercera, se halla en el versículo 47. Allí María reconoce a Dios como su Salvador, es decir, explícitamente verbaliza la necesidad del Señor para su vida. Esto me lleva a preguntar en qué áreas precisas reconocer que Dios es el único que me puede salvar, en ocasiones, de mí mismo y nadie más puede hacerlo.

Me gusta ver a María como un referente, como un modelo a imitar.