Si alguno quiere ser discípulo mío, deberá olvidarse de sí mismo, cargar con su cruz y seguirme. (Mateo 16:24)

En una cultura que entroniza el yo hasta extremos inimaginables, las pretensiones de Jesús aparecen como trasnochadas, fuera de lugar, excéntricas y hasta fanáticas. Mis necesidades -fácilmente confundibles con mis deseos e impulsos- es lo más importante. Precisamente el énfasis que recibimos desde todos los mensajes es que hemos de ser nosotros mismos, hemos de ser genuinos, auténticos, dar lugar a nuestro verdadero yo que, como indicaba anteriormente, confunde autenticidad con sumisión a todo impulso y deseo. Entonces aparece Jesús y nos dice que para seguirle hemos de olvidarnos de nosotros mismos y la cultura lo considera inaceptable y lo rechaza categóricamente descalificando de paso a todo aquel que lo acepte y trate de implementarlo. 

Pero para mí la lectura es diferente. Dios no me necesita, soy yo quien preciso de Él. Jesús me pide que renuncie a ese falso yo culturalmente construido y que tantos problemas -si somos sinceros lo reconoceremos- nos genera para poder recibir ese yo auténtico hecho a la semejanza del Maestro, ese nuevo hombre que me permitirá ser la mejor versión de mí mismo.

Por eso, la invitación cuaresmal el día de hoy es a tratar de identificar-sin duda, con la ayuda del Espíritu Santo- cuáles son esas áreas de nuestro falso yo, ese culturalmente construido, que nos impiden vivir y desarrollar nuestro yo auténtico.