Por tanto, renunciando a todo vicio y al mal que nos cerca por doquier, acoged dócilmente la palabra que, plantada en vosotros, es capaz del salvaros. (Santiago 1:20)

 

Enviados al mundo -un entorno hostil- para ser agentes de restauración y reconciliación no es fácil debido, precisamente, a que el actual sistema de cosas es uno de los enemigos del Reino del Señor y, por extensión de sus seguidores. 

 

Santiago nos propone dos movimientos, ambos intencionales, para manejar esa realidad. El primero es dejar de lado los vicios. Estos son hábitos que tienen consecuencias dañinas en nuestro cuerpo, mente y/o relación con nuestro Dios. Con toda seguridad un vicio nos impide reflejar el carácter de Jesús, es un lastre en nuestro seguimiento del Maestro.

 

El segundo movimiento es acoger en nuestra vida la Palabra que, como todos sabemos tiene la capacidad de salvarnos. Un salvarnos que aquí se refiere a los peligros del entorno hostil del cual ya hemos hablado. 

 

Dejar y acoger. En los siguientes versículos Santiago explicará la mecánica de cómo esa Palabra puede salvarnos y protegernos pero, eso es el objeto de otras entradas.