Por último, la semilla que cayó en tierra fértil representa a los que oyen el mensaje con una disposición acogedora y recta, lo guardan con corazón noble y bueno, y dan fruto por su constancia. (Lucas 8:15)

Esta parábola habla de dar fruto. Este fruto no depende de la calidad de la semilla pues esta está garantizada y es una constante a lo largo de toda la narración. Lo que varía es la calidad del suelo. Esta calidad es la que condiciona que esa semilla pueda dar o no fruto.

Ese suelo es nuestro corazón. Corazón desde la perspectiva bíblica, no de la cultura popular contemporánea. El corazón es el centro de control de nuestro proyecto vital. Donde se piensa, define e implementa la forma en que vivimos. En las Sagradas Escrituras todo cambio que sea sostenible en el tiempo pasa necesariamente por el corazón. 

Cuando la semilla, la Palabra, cala en nuestro corazón sin duda dará fruto y en la Biblia ese fruto siempre se traduce en conductas observables por los demás, por los que nos rodean, por los que están en nuestro entorno. Jesús afirmo que seríamos conocidos -indudablemente por otros- gracias a nuestros frutos, nuestras conductas externas verificables.

El fruto, o la ausencia del mismo, nos ayuda a ver qué tipo de suelo somos, que calidad tiene nuestro corazón para producir el fruto que se espera.