Señor, dame de esa agua para que no tenga más sed. (Juan 4:15)

Por lo general, según dicen los expertos, una persona puede resistir sin agua entre 3 y 5 días. Naturalmente,  hay muchos condicionantes como la edad, la temperatura, el estado de salud general de la persona, etc. Todos los seres humanos necesitamos agua sin importar nuestra condición social, cultural, económica, política, nuestra etnia o nuestra religión. Nos encontramos ante una necesidad básica sin la cual no es posible sustentar la vida. 

En el tiempo de Jesús existían dos palabras para referirse a la vida. Por un lado estaba bios, que tiene que ver con las funciones físicas que compartimos con el resto de los seres vivos como, por ejemplo, los animales. Por otro lado estaba zoe, que tiene que ver con la dimensión trascendente de la vida, la que va más allá de la mera existencia física. Zoe tiene que ver con sentido, propósito y significado. Tiene que ver con nuestra realización como seres humanos, como personas hechas a la imagen del Señor. 

No existe ni un sólo ser humano que no tenga sed de propósito y significado. Es bien cierto que cuando tu objetivo es sobrevivir físicamente un día más, como le pasa a centenares de millones de personas en nuestro planeta, el sentido y el significado se convierten en un lujo y algo que puede postergarse. Pero, cuando estas necesidades están cubiertas nos planteamos si la vida es algo más que simplemente sobrevivir, ir tirando un día tras otro. Es entonces cuando esa sed de significado se hace más patente y tratamos de saciarla de las maneras que tenemos a nuestro alcance.

La sociedad, consciente de la necesidad, nos ofrece múltiples formas y promesas para saciarla. Jesús afirma que volveremos a tener sed, que esa saciedad será temporal, que no durará y tendremos que volver a ese pozo o a otro para calmar nuestra sed. El Maestro afirma que sólo Él podrá calmar nuestra sed de forma permanente. 

¿Cómo está nuestra sed de sentido y significado, propósito y realización? ¿En qué fuentes estamos tratando de calmarla? ¿De qué formas prácticas y reales Jesús puede saciar esa sed?