En cuanto a ti, hijo mío, serás profeta del Dios Altísimo, porque irás delante del Señor para preparar su venida. (Lucas 2:76)

Zacarías, el padre de Juan el Bautista, lleno del Espíritu Santo declaró esta profecía con relación a su hijo. Su tarea era preparar los corazones de las personas para recibir al Mesías. Sin embargo, como bien sabemos no todos respondieron a su mensaje de arrepentimiento, de vuelta a Dios.

Hasta cierto punto todos nosotros tenemos ese mismo rol, preparar los corazones de las personas para que se vuelvan a Dios. El propio Jesús nos dijo que éramos sal y luz, que debíamos vivir de tal manera que nuestras buenas obras -nuestro estilo cotidiano de vivir- hicieran que las personas tuvieran que ser conscientes de la presencia del Señor en nosotros. Este mismo mensaje es reforzado por los escritores del Nuevo Testamento.

¿Cómo llevarlo a cabo? con dos ingredientes. El primero es conciencia. Es decir, darnos cuenta que nuestra vida está constantemente hablando a otros acerca de Dios. Puede hablar bien o puede hablar mal. Nuestro estilo de vida es el quinto evangelio que no puede dejar de leerse. Las personas tal vez nunca ser acercarán a las Escrituras para leerlas pero, están expuestas a nuestra vida y la leen, no tienen otra alternativa.

El segundo es intencionalidad. Es decir, un acto de la voluntad orientado a la consecución de un objetivo. La conciencia de quién somos debe llevarnos a ser intencionales en cómo vivimos. A vivir de tal manera que el carácter de nuestro Padre se refleja en nuestras motivaciones, acciones, omisiones, prioridades y valores.

No estoy hablando de ser perfecto sino de ser consistente.