Quiero, sin embargo, que seáis sagaces para hacer el bien y limpios frente al mal (Romanos 16:19)
Si tuviéramos que hacer una paráfrasis de este versículo sonaría de este modo: "En lo que se refiere a la práctica del bien, sed astutos y prudentes, intencionales en llevarlo a cabo; por el contrario, cuando se trata del mal sed totalmente inocentes, incluso ingenuos". Pablo termina su carta con algunas recomendaciones finales y entre ellas encontramos esta. Seguir el bien, es decir, bendecir con nuestras acciones, omisiones, actitudes y relaciones a otros, y evitar el mal, es decir, todo aquello que contribuye y hace daño a otros, debe ser una actitud totalmente intencional y pro activa por nuestra parte.
Seguir estos consejos del apóstol implica vivir una vida reflexiva, es decir, que somos conscientes del impacto para bien o para mal que provocamos en la vida de otros y en la nuestra propia. El tipo de sociedad en la que nos ha tocado vivir no favorece en absoluto este tipo de actitud; primero porque vivimos con tal aceleración que los espacios para la reflexión interior no existen y hemos de procurarlos de forma intencional. Segundo porque vivimos tan centrados en nosotros mismos y nuestras necesidades que rara vez pensamos -por la falta de reflexión antes citada- en el impacto que tenemos en los demás.
Creo que Pablo nos invita a vivir de forma más consciente de la huella que dejamos en este mundo. Todos dejamos una huella en multitud de áreas diferentes de nuestra existencia. Dejamos un rastro digital, un rastro ecológico y también, entre otros, un rastro de bondad y/o maldad. No podemos vivir inconscientes e indiferentes a esta realidad.
Mira hacia atrás ¿Qué impacto dejas?


