Tú eres mi hijo amado; en ti me complazco. (Lucas 3:22)
¿Quién soy? Es una pregunta latente en todo ser humano. En nuestra sociedad occidental la cuestión está bastante anestesiada. No somos una cultura orientada a la reflexión pues esta produce dolor y tensión. No es fácil pensar sobre uno mismo, los resultados pueden ser demasiado difíciles de soportar. Pero, no importa si la afrontamos o no, la pregunta y la necesidad de saber quiénes somos sigue latente, aunque sea en nuestro subconsciente, y demanda respuestas, las exige y, por lo tanto, las busca.
En ocasiones llegamos a creer que somos nuestros logros. Nos definimos por lo que conseguimos, los objetivos que alcanzamos, el estatus que hemos logrado, el poder vinculado a este. Nos confundimos con nuestros roles y en el fondo del corazón hay un gran miedo a perder el rol; si no soy el líder, el pastor, el director, entonces ¿quién soy? Lo mismo sucede con nuestros logros, porque si estos nos definen y validan ¿qué sucederá si nos los obtengo? El miedo al fracaso está, seamos conscientes o no, siempre presente con la angustia y ansiedad que genera.
Valoro enormemente la palabra reflexión. Viene del latín y conlleva el significado de inclinarse hacia atrás para ganar distancia y de este modo perspectiva. Mirarnos y podernos preguntar hasta qué punto somos nuestros logros, nuestro estatus, nuestros roles. Cómo contribuyen a responder a la pregunta acerca de quién soy.
Frente a esta búsqueda de identidad por medio de todo lo anteriormente mencionado brillan las palabras del Señor: Félix, tú eres mi hijo amado y estoy contento contigo. Sé quién soy y cuando lo sé, también adquiero el conocimiento para saber cómo vivir.
¿Hasta qué punto tus logros, tu rol, tu estatus lo estás usando para responder a la pregunta de quién eres? Estoy convencido de que sabes que eres hijo amado de Dios pero ¿Cómo afecta eso en tu vida cotidiana?


