Jesús insistió: Y vosotros ¿Quién decís que soy? (Lucas 9:20)
El Maestro les plantea a sus discípulos la pregunta clave acerca de su identidad. La identidad de Jesús siempre ha sido un problema, un reto, un desafío, un quebradero de cabeza para aquellos que se ven confrontados con la misma. Leemos en los relatos evangélicos que en varias ocasiones quisieron matarlo; ¿por algo que hizo? ¡En absoluto! por sus afirmaciones acerca de quién era. Su juicio y posterior condena se basó en lo que Él había afirmado una y otra vez acerca de su identidad.
¿Por qué es tan delicado este tema? Porque si Jesús era quien afirmó ser, es decir, Dios hecho ser humano para reconciliarnos consigo mismo, entonces eso tiene serias implicaciones para nosotros. Su diagnóstico acerca de nuestros problemas esenciales y la solución a los mismos no es una sugerencia es, valga el juego de palabras, la voz del Señor acerca de nosotros mismos y carecería de sentido tratar de encontrar soluciones alternativas. La realidad así nos lo muestra. Por eso, no hay problema en afirmar que Jesús fue un profeta, un gran maestro de moral, un pensador, un filósofo, etc. Todo ello nos libra de tener que afrontar las implicaciones de reconocerlo como Dios.
Pero ¿Qué pasa con nosotros los que somos seguidores de Jesús? Tiene también serias implicaciones. Jesús es el Señor es el credo más antiguo de la fe cristiana. Esa afirmación implicaba que Él tenía autoridad final sobre cada área de la vida de una persona: desde tus pensamientos más íntimos hasta tus conductas más externas. Desde tus emociones hasta tu dinero. Desde tu trabajo hasta tu sexualidad. Eso implica que hemos de vivir en consonancia y coherencia con la respuesta que demos a la pregunta que hizo y sigue haciendo Jesús.
¿Cuál es el grado de coherencia que hay entre tus afirmaciones y tu vida? ¿Qué ajustes te muestra Jesús que debes hacer?


