Ahora bien, el afán por satisfacer los apetitos desordenados conduce a la muerte, el hacer lo que es propio del Espíritu lleva a la vida y a la paz. (Romanos 8:6)
Pablo en los versículos en los que se enmarca este pasaje habla de las dos naturalezas que coexisten en la vida del seguidor de Jesús, la vieja y la nueva, la carne y el Espíritu. Es cierto que algunos pensadores cristianos niegan la existencia de esa dualidad dentro del creyente y afirman la existencia de una sola. Personalmente pienso que la enseñanza bíblica -tal y como la entiendo- enseña ese principio y, además, la experiencia personal la confirma; desgraciadamente día tras días.
En definitiva, si las dos conviven, domina aquella a la que alimentamos, ante cuya influencia y seducción sucumbimos. El apóstol ya nos habló en el capítulo siete de la contradicción que supone haber sido liberados para... volver a ser esclavos del pecado voluntariamente. Aquí Pablo añade un matiz más, las consecuencias de obedecer a una u otra naturaleza. Si obedecemos a lo que tradicionalmente hemos denominado la carne, lo que ésta producirá es muerte. Aquí muerte ha de ser considerada en el sentido más amplio del término: corrupción, degeneración, maldad, desintegración, ruptura, etc. Por el contrario, si obedecemos a la nueva naturaleza alimentada por el Espíritu, ésta producirá en nosotros todo lo contrario, vida -nuevamente en un sentido amplio- y paz. El efecto de ambas sobre nuestra vida es acumulativo. Es decir, cuanto más obedezcas a la nueva naturaleza, más influencia tendrá sobre ti. Cuanto más obedezcas a la carne, más influencia tendrá sobre ti.
Cuando observas tu experiencia ¿Quién domina tu vida, qué frutos produce?


