EL MITO DE CON QUIÉN ME CASARÉ, SEGUNDA PARTE



Aunque el Señor ha establecido la cancha de juego  -su voluntad moral – todavía en el marco y contexto de la misma debemos de continuar tomando decisiones ¿Cómo lo haremos? Dependiendo del Espíritu Santo, que vuelvo a insistir nos guiará a toda la verdad y nos enseñará todas las cosas, y un buen conocimiento de la Palabra del Señor.  Pero apliquémoslo al tema de escoger la pareja con la que queremos compartir nuestra vida.

El apóstol Pablo indica con claridad meridiana que la voluntad moral de Dios es que esta persona sea del Señor, sea creyente. Dentro de esos parámetros nos toca a nosotros escoger ¿Cómo lo llevaremos a cabo? En discernimiento por medio de la oración y el diálogo con el Espíritu Santo. ¿Tiene esta personas los mismos objetivos en la vida que yo tengo? A pesar de ser creyente ¿Es Dios una prioridad en su vida más allá de la mera religiosidad? ¿Cuáles son sus valores, cómo los demuestra en la vida cotidiana? ¿Cómo es su familia de origen, seremos compatibles? ¿Qué pensamos acerca del lugar que Dios debe ocupar en nuestro matrimonio? ¿Qué dicen, ven y piensan las personas que nos aman y respetamos con respecto a esa persona? Cuando hablamos con el Señor acerca de esta persona y escuchamos la voz del Espíritu Santo ¿Qué oímos, qué sentimos, qué nos está diciendo? Cuando pienso en el futuro ¿Me veo compartiendo toda la vida con esa persona? ¿Qué dudas, miedos o preocupaciones nos asaltan al pensar en compartir toda la vida? ¿Siento que esta persona me acercará o me alejará de un caminar más profundo con el Señor?

Todas estas son preguntas que en diálogo, oración y discernimiento con el Espíritu Santo nos ayudan a poder tomar la decisión correcta dentro de la voluntad moral de Dios, todo y sabiendo que todos nosotros somos dinámicos y cambiamos con el paso del tiempo para mejor o para peor. En mi larga trayectoria pastoral he visto multitud de parejas que se han caso convencidas de que aquella era la persona que Dios había preparado desde antes de la fundación del mundo y….

Un buen comienzo no garantiza un buen final. La base de un buen matrimonio no consiste en cuán convencido estás de que aquella es la persona preparada por Dios desde antes de la fundación del mundo; más bien radica en tu caminar diario y constante con el Señor.

NO ES DIFÍCIL ENTENDER LA VOLUNTAD DE DIOS: SU VOLUNTAD MORAL, EL MITO DE CON QUÉN ME CASARÉ



La mujer casada está ligada a su esposo mientras éste vive, pero si el esposo muere, ella queda libre para casarse con quien quiera, con tal de que sea un creyente. (1 Corintios 7:39)


Como indicaba en otras entradas, la voluntad moral de Dios nos provee un marco de referencia dentro del cual nos podemos mover con total y absoluta libertad. Mientras estás dentro de ese marco puedes escoger libremente, apoyado por la Palabra y el Espíritu Santo que, tal y como nos enseñó Jesús, nos guiará a toda la verdad y nos enseñará todas las cosas. Visto de este modo no existe una opción correcta pensada por el Señor desde antes de la fundación del mundo que convierte en inválidas todas las demás. No existe la angustia y la ansiedad de equivocarse al escoger porque no existe una única opción que honre a Dios convirtiendo en erróneas el resto de las posibilidades. Vuelvo a insistir, uno, asistido por el Espíritu y la Palabra se orienta para tomar las decisiones más adecuadas dentro del marco de la voluntad moral del Padre.

Tomemos un ejemplo que forma parte de la mitología evangélica, con quién me casaré. Desde la perspectiva tradicional el Señor tiene pensada una pareja para cada persona, el hombre o la mujer de tu vida. Uno debe de discernir cuál es esa persona. Debe estar seguro que se encuentra dentro del plan del Señor, porque nadie quiere hacer la elección equivocada y salirse de la voluntad de Dios con todo lo negativo que eso puede implicar. Muchas personas han elegido su compañer@ de vida bajo ese paradigma, muchas siguen usándolo para escoger su pareja y otros, aunque no lo hayan usado, lo tienen instalado como software por defecto, es un programa residente. 

Pero no existe ninguna base bíblica que sustente la idea de que Dios tiene la pareja perfecta para cada persona. Si vemos el pasaje del apóstol Pablo, citado al comienzo de esta entrada, veremos que, precisamente, habla de todo lo contrario. El apóstol tenía en este pasaje la oportunidad de oro para apuntalar, afirmar, defender esa idea de la pareja perfecta para cada persona. Pablo habría podido escribir el pasaje de la siguiente manera: La mujer casada está ligada a su esposo mientras éste vive, pero si el esposo muere, ella queda libre para casarse con aquella persona que el Señor, en su soberanía y sabiduría, tenga preparada para ella. Podría haberlo escrito así pero, no lo hizo, nos enseñó que el proceso de tomar decisiones con respecto a la voluntad de Dios es diferente. Pablo afirma con rotundidad que puede casarse con quien quiera -libertad de elección total- siempre que sea un creyente -marco de la voluntad de Dios-. 

Pablo, de esta manera, destruye una creencia que no por popular es bíblica. Pablo enfatiza la libertad del ser humano en el contexto de la voluntad moral de Dios y la tremenda paz que eso supone. Además, esto mismo podemos aplicarlo a muchos otros ámbitos de la vida, el trabajo, las relaciones, las inversiones, etc., etc.  Claro que la libertad implica responsabilidad para elegir y pone sobre nosotros el peso de conocer bien la voluntad moral de Dios para asegurarnos que no nos estamos ubicando fuera de la misma.


¿De qué modo práctico puede ayudarte esta comprensión de la voluntad moral de Dios?








NO ES DIFÍCIL ENTENDER LA VOLUNTAD DE DIOS: SU VOLUNTAD MORAL Y LA LIBERTAD DE ESCOGER


Yo te haré saber y te enseñaré el camino en que debes andar; te aconsejaré con mis ojos puestos en ti. (Salmo 32:8)

La voluntad moral de Dios produce en el creyente una gran libertad, paz y seguridad. Ésta nos provee de unos márgenes dentro de los cuales nos podemos mover con certeza, sin tener que preguntarnos en cada momento y en cada instante si estamos o no alineados con su voluntad para nuestras vidas. Siguiendo el ejemplo explicado en la entrada anterior, mientras estés dentro de la cancha estás dentro de su voluntad. 

Por tanto, se trata de asegurarnos que estamos viviendo nuestra vida cotidiana dentro de esos márgenes establecidos por su Palabra, su carácter y la persona de Jesús (todo ello, como te darás cuenta, lo encontramos en la Biblia), dentro de esos límites no hay la posibilidad de equivocarse, no hay la posibilidad de tomar decisiones erróneas. Dentro de la voluntad moral de Dios no hay una opción que sea la correcta, y otra incorrecta, la que el Señor no quiere. Lo voy a decir claro y alto y no espero que estés de acuerdo conmigo: Mientras estés dentro de la cancha al Señor le da igual si vas hacia la derecha o vas hacia la izquierda, hacia arriba o hacia abajo; cualquier decisión que tomes es correcta porque estás dentro de su voluntad claramente marcada y especificada en la Palabra del Señor. Cualquier jugador de fútbol -sigamos con el ejemplo- sabe con el reglamento en la mente y las líneas que marcan el terreno de juego cómo moverse con soltura en función de cómo se desarrolla el juego. Sabe que no debe salir de las marcas ni transgredir el reglamento. 

No creo, ni encuentro base bíblica para afirmar que el Señor tiene un plan específico, detallado día a día para la vida de cada persona. Un plan que indica con quién se casará -el gran mito evangélico- qué trabajo tendrá, que automóvil deberá comprar, qué amigos debe cultivar, qué vivienda debe comprar, qué inversiones debe hacer, etc., etc. Hay una opción y solo una para tu vida, la que el Señor tiene pensada y, sino la aciertas.... miserable total toda tu vida. Eso genera creyentes inseguros, con miedo a tomar decisiones, inseguros sobre lo que el Señor espera de ellos, carentes de criterios para ejercer su libertad y decidir. 

Es cierto que cuando estás dentro de la cancha -la voluntad moral de Dios- todavía hay que seguir tomando decisiones, sin embargo, los cristianos hemos olvidado -y los líderes no hemos enseñado- que en ese proceso de toma de decisiones no estamos solos, que el Espíritu nos guía a toda la verdad, que nos enseña toda las cosas, que no nos deja huérfanos, que está con nosotros cada día hasta el fin.  En ocasiones, en la cancha, nos encontramos con la necesidad de escoger entre dos opciones, ambas buenas -porque están dentro de su voluntad- ambas honran al Señor, cualquiera de las dos le placerán, es cuestión de echar mano del Espíritu Santo para saber cuál es la más conveniente para poder tener un impacto en el mundo, ser un buen agente de restauración, bendecir a otros, proteger más a nuestra familia, etc. Porque, escojamos lo que escojamos, Dios es honrado.

Libertad o temor a la hora de tomar decisiones




NO ES DIFÍCIL ENTENDER LA VOLUNTAD DE DIOS: SU VOLUNTAD MORAL



Como vimos, cuando hablamos de la voluntad de Dios nos referimos, en primer lugar, a su voluntad soberana; es decir, nada sucede en el universo sin su consentimiento. En segundo lugar, cuando hablamos de su voluntad, y es importante distinguir entre ambas, nos estamos refiriendo a su voluntad moral. Por voluntad moral entendemos aquello que el Señor nos ha revelado en su Palabra acerca de lo que es correcto e incorrecto, bueno y malo, pecado y santo, acorde con su carácter o en contradicción con el mismo. Por poner una ilustración, pensemos por un momento en una cancha de fútbol y en el reglamento de la FIFA. Sabemos que podemos jugar dentro del espacio que delimita el campo, las líneas, las bandas. También, por medio del manual de juego, sabemos que ciertas jugadas no están permitidas y que de ser observadas por el árbitro serían anuladas o seríamos sancionados. 

No resulta, por tanto, tan difícil conocer cuál es la voluntad de Dios para nuestras vidas; cuanto más conozcamos su Palabra, más fácil nos será discernir qué desea el Señor de nosotros y qué espera de nuestro comportamiento y nuestra vida. Por eso, entre otras razones, es tan importante el conocimiento y la aplicación de la Biblia; ella nos marca los límites y nos orienta acerca de cómo hemos de comportarnos en nuestra vida de cada día. Podría afirmar de forma categórica que siempre que estes dentro de los límites -figurados- del campo de fútbol puedes estar totalmente tranquilo y confiado de estar dentro de los límites de la voluntad moral del Señor ¡sin ninguna duda!  Puedes ir a la izquierda o a la derecha según te convenga o te sea más favorable. Puedes trotar hacia aquí o hacia allá. Recuerda, siempre que no salgas de los límites y te muevas siguiendo el reglamento estás alineado y dentro de la voluntad moral del Señor.

Mañana me gustaría explicar dos casos típicos que forman parte de las leyendas evangélicas y que crean enormes problemas a muchos cristianos, con quién me casaré y qué trabajo debo aceptar. ¡Cuántos quebraderos de cabeza han creado estas decisiones por no tener claridad acerca de cuál es la voluntad moral del Señor!

En resumen, cuando hablamos de la voluntad de Dios hablamos, en primer lugar de su voluntad soberana, en segundo lugar, de su voluntad moral. No las confundas.






NO ES DIFÍCIL ENTENDER LA VOLUNTAD DE DIOS: SU VOLUNTAD SOBERANA



Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo sus planes. (Juan 4:34)


Esta afirmación de Jesús está hecho en el contexto de una conversación con sus discípulos después del encuentro con la mujer de Samaria al lado del pozo. El Maestro es claro y tajante en su obediencia y cumplimiento de la voluntad del Padre. Sin embargo, mi experiencia pastoral me ha hecho darme cuenta que muchos cristianos no entienden qué es la voluntad de Dios y cómo discernirla. Por medio de estas entradas pretendo abordar el tema desde una perspectiva bíblica ¡Eso espero, al menos!

Tal vez podríamos comenzar por definir de qué hablamos cuando hablamos de la voluntad del Señor. En ocasiones, mezclamos sin diferenciar tres conceptos diferentes. En primer lugar, está la voluntad soberana de Dios. El Señor es el soberano de todo el universo, nada escapa a su control y autoridad. Nada, absolutamente nada sucede en el cosmos sin la autorización del Señor. El permite todo lo que tiene lugar, lo cual no quiere decir que lo induzca o lo produzca. 

Desde que el ser humano pecó y se independizó contra Dios y su autoridad, Él estableció que la naturaleza, la creación fuera independiente del hombre y, por tanto, éste estuviera sometido a las leyes que el Señor decretó para el funcionamiento de la misma. De este modo, nuestros cuerpos entran en entropía, envejecen y mueren. La ley de la gravedad nos afecta si nos lanzamos desde un edificio. Los virus, bacterias y otros microorganismos afectan nuestro organismo y nos pueden producir la muerte. 

Así mismo, Dios nos ha hecho seres libres, con la capacidad para escoger entre el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto. La inmensa mayoría del dolor y sufrimiento que existe en el mundo no es producido por la naturaleza, es cierto que una catástrofe natural puede producir algunos centenares de miles de víctimas. Pero tan sólo la Segunda Guerra Mundial causó alrededor de 70 millones de muertos, entre militares y civiles, en un periodo de seis años. El punto que deseo enfatizar es que Dios debe ser consistente con su carácter; si ha creado al ser humano con la libertad de escoger, debe respetar esa libertad que, con tanta frecuencia, usamos -incluido tú y yo- para dañar física, moral, espiritual, social o económicamente a otras personas. 

En resumen, al hablar de la voluntad de Dios, hablamos, en primer lugar de su voluntad soberana.



NO ES DIFÍCIL ENTENDER LA VOLUNTAD DE DIOS: SU VOLUNTAD SOBERANA



Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo sus planes. (Juan 4:34)


Esta afirmación de Jesús está hecho en el contexto de una conversación con sus discípulos después del encuentro con la mujer de Samaria al lado del pozo. El Maestro es claro y tajante en su obediencia y cumplimiento de la voluntad del Padre. Sin embargo, mi experiencia pastoral me ha hecho darme cuenta que muchos cristianos no entienden qué es la voluntad de Dios y cómo discernirla. Por medio de estas entradas pretendo abordar el tema desde una perspectiva bíblica ¡Eso espero, al menos!

Tal vez podríamos comenzar por definir de qué hablamos cuando hablamos de la voluntad del Señor. En ocasiones, mezclamos sin diferenciar tres conceptos diferentes. En primer lugar, está la voluntad soberana de Dios. El Señor es el soberano de todo el universo, nada escapa a su control y autoridad. Nada, absolutamente nada sucede en el cosmos sin la autorización del Señor. El permite todo lo que tiene lugar, lo cual no quiere decir que lo induzca o lo produzca. 

Desde que el ser humano pecó y se independizó contra Dios y su autoridad, Él estableció que la naturaleza, la creación fuera independiente del hombre y, por tanto, éste estuviera sometido a las leyes que el Señor decretó para el funcionamiento de la misma. De este modo, nuestros cuerpos entran en entropía, envejecen y mueren. La ley de la gravedad nos afecta si nos lanzamos desde un edificio. Los virus, bacterias y otros microorganismos afectan nuestro organismo y nos pueden producir la muerte. 

Así mismo, Dios nos ha hecho seres libres, con la capacidad para escoger entre el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto. La inmensa mayoría del dolor y sufrimiento que existe en el mundo no es producido por la naturaleza, es cierto que una catástrofe natural puede producir algunos centenares de miles de víctimas. Pero tan sólo la Segunda Guerra Mundial causó alrededor de 70 millones de muertos, entre militares y civiles, en un periodo de seis años. El punto que deseo enfatizar es que Dios debe ser consistente con su carácter; si ha creado al ser humano con la libertad de escoger, debe respetar esa libertad que, con tanta frecuencia, usamos -incluido tú y yo- para dañar física, moral, espiritual, social o económicamente a otras personas. 

En resumen, al hablar de la voluntad de Dios, hablamos, en primer lugar de su voluntad soberana.



DIOS NO TIENE CASA, NO LO BUSQUES EN UN EDIFICIO



Dios es espíritu, y quienes le rinden culto deben hacerlo en espíritu y en verdad. (Juan 4:24)


Siempre me ha producido repulsa el escuchar cuando alguien ora diciendo que hemos venido, o que estamos, o que nos hemos reunido en la casa del Señor. Me produce rechazo por dos cosas; la primera, porque es mentira. El edificio que usamos para reunirnos no es la casa de Dios; Él, como bien señaló Salomón, no habita en templos hechos por manos humanas. Nosotros, cada uno de aquellos que le hemos aceptado como Señor y Salvador somos el templo en el cual Él habita por medio de su Santo Espíritu. La segunda, porque genera una espiritualidad falsa, no bíblica, ajena a lo que Jesús y sus discípulos nos quisieron transmitir. Si el domingo es el día del Señor y vamos a su casa para adorarlo, significa, de forma consciente o inconsciente, que el resto de la semana Él se queda en su casa y nosotros vivimos la vida auténtica desconectados de Él, quien se queda en su templo pero no viene con nosotros a la fábrica, la oficina, la escuela, la universidad, el hogar, el taller, la tienda, el hospital, la corte judicial, etc., etc. Dios está al margen de la vida cotidiana, donde nosotros desarrollamos nuestra actividad.

Jesús hablaba con la mujer samaritana acerca de la polémica de cuál era el lugar correcto para adorar a Dios. El Maestro zanja la cuestión afirmando que Dios es espíritu y que no está limitado por un lugar, un monte, un templo, una actividad, un día de la semana. Está con nosotros 24/7, como ya indiqué, va allá donde nosotros vamos. Está presente en todo lo que hacemos. El apóstol Pablo en línea con esta enseñanza de Jesús afirmó que todo lo que hagamos debemos hacerlo poniendo el corazón, como si fuera hecho para Dios y no para los hombres. Adorar al Señor en espíritu es hacerlo en tu vida cotidiana, es hacer de cada actividad de tu común vivir un acto de adoración y alabanza al Padre. Es poner el corazón en tu trabajo, tus estudios, tu cuidado del hogar, tu trato con los demás. Porque lo que hace de algo un acto de adoración no es el lugar donde se lleva a cabo -la mal llamada casa de Dios- sino la actitud del corazón que hace las cosas.


¿A qué esquema mental responde tu adoración?




SED DE SIGNIFICADO



Todo el que bebe de este agua volverá a tener sed, en cambio, el que beba del agua que yo quiero darle, nunca más volverá a tener sed, sino que ese agua se convertirá en su interior, en un manantial capaz de dar vida eterna. (Juan 4: 14)


El agua es un símbolo universal usado para indicar la sed de sentido, propósito y significado que todo ser humano tiene. Al referirse a la vida los griegos usaban dos palabras diferentes. La primera, era bios; tiene que ver con la vida biológica, las funciones que permiten el mantenimiento físico de nuestro proyecto vital. Compartimos bios con el resto de seres vivos de la creación. La segunda, era zoe; tiene que ver con la vida con sentido, con propósito, la vida trascendente, la que va más allá de las meras funciones físicas del organismo. En esta dimensión el ser humano es el único que carece de zoe. Existe pues, según la Escritura, una sed de zoe en todo ser humano. Podemos tener todas nuestras funciones físicas intactas, en buen funcionamiento, podemos tener todas nuestras necesidades físicas cubiertas y, sin embargo, tener un vacío de significado y, consecuentemente, una sed del mismo.

Cada uno de nosotros satisface esa sed como buenamente puede. El objetivo es el mismo, dar sentido a nuestra vida, los medios pueden variar de una persona a otra; cada uno de nosotros identifica con algo o alguien esa posibilidad de saciar la sed. En el caso de la samaritana, si leemos el resto del pasaje, veremos que lo intentó por medio de las relaciones interpersonales. Se encontraba en su sexta relación de pareja, de lo que podemos deducir que las anteriores sólo habían podido calmar su sed de sentido de forma temporal. Porque sin duda las aguas que nos ofrece la sociedad satisfacen... pero sólo pasajeramente y, con frecuencia, nos dejan con mayor sed, incluso con resaca. 

La afirmación de Jesús es que Él es el único que puede saciar de forma permanente esa tremenda sed que hay en el interior de cada uno de nosotros. Lo hace, no por medio de creencias o dogmas, sino a través de una relación con Él que nos restaura y nos devuelve una identidad perdida. Véase el contraste entre el manantial interior que Jesús produce en nosotros y las fuentes exteriores que tratamos de usar para saciar la sed. El Maestro siempre está disponible, abierto, dispuesto para saciar nuestra sed. Pacientemente esperará hasta que hayamos probado todas las fuentes alternativas que la sociedad nos ofrece.


¿Dónde sacias tu sed?

SOMOS MEJORES QUE JESÚS



La mujer samaritana le contesta: ¡Cómo! ¿No eres tu judío? ¿Y te atreves a pedirme de beber a mí que soy samaritana? (Juan 4:9)


Al entablar relación con esa mujer Jesús estaba rompiendo tres grandes barreras. La primera, es la barrera racial. Los samaritanos eran despreciados por los judíos como una raza de bastardos que no eran racialmente puros; eran la mezcla de gentiles y los pocos judíos dejados en Palestina después de las diferentes deportaciones de asirios y babilonios. Pero ese rechazo étnico tenía también tintes religiosos. Los samaritanos, a pesar de creer en el Dios de Israel, no eran considerados parte de la comunidad del pueblo elegido, no eran, por decirlo de algún modo lo suficientemente ortodoxos. Era tal el desprecio que un judío tenía hacia un samaritano que, salvo que la urgencia lo exigiera, una persona viajando de Judea a Galilea prefería pasar por el territorio gentil del otro lado del Jordán antes que contaminarse cruzando Samaria. 

La segunda, es una barrera de género. Las mujeres eran consideradas eternas menores de edad en aquella época. Pasaban de la tutela del padre a la del marido y, si quedaban viudas y había hijos u otros parientes varones a la de ellos. No podía entrar en el patio de los hombres si acudían al templo, estaban segregadas en las sinagogas y no eran instruidas en el conocimiento de la Ley. Un rabino judío nunca se rebajaría a hablar con una mujer. Sin embargo, Jesús no sólo habla con ella, sino que lo hace de temas espirituales y, además, es a la primera persona a la que le revela abiertamente que es el Mesías ¡Todo ello inaudito!.

La tercera, es una barrera moral. Muchos estudiosos de la Escritura afirman que el hecho de que una mujer se acercara sola al pozo sólo podía indicar su carácter moralmente cuestionable. Algo confirmado posteriormente por Jesús al indicar, y reconocer la mujer, que vivía en un estado de concubinato después de cinco experiencias previas con hombres. Jesús se salta esa barrera como hombre, judíos y maestro de la Ley. En los tres casos pone su reputación y credibilidad en entredicho por esas asociaciones tan peligrosas.

Pero ¡Qué bien! Nosotros somos mucho mejores que Jesús. Tenemos criterios morales y éticos mucho más elevados que los del Maestro. No nos rebajamos a acercarnos, y mucho menos a asociarnos con personas que son moralmente cuestionables. Tenemos una amplia lista de personas dentro de la fe que cristiana a las que consideramos herejes, heterodoxos y, por tanto, indignos del trato con nosotros y merecedores de todo nuestro escarnio virtual a través de las redes. Nosotros nunca vamos a dar un paso para acercarnos a homosexuales, transgénero, adúlteros, fornicadores y cualquier otro tipo de personas consideradas inmorales. Nosotros somos moralmente superiores y sólo podemos expresarles nuestra condena, juicio y rechazo. Dudemos del carácter de Jesús, dudemos de alguien que en vez de condenar ¡Como Dios manda! amaba y tomaba la iniciativa. Sospechemos de alguien que en vez de levantar muros extendía puentes. Demos gracias a Dios que somos mejores que Él. 


IDENTIDAD Y ROL



 Él debe brillar cada vez más, mientras yo he de ir quedando en la sombra. (Juan 3:30)


Juan pudo hacer esa afirmación porque tenía su identidad clara y segura en Dios y, por tanto, no precisaba de un ministerio brillante para afirmarla, ni la sentía amenazada por el crecimiento imparable de Jesús, que suponía para el Bautista, como el mismo entendió, ir menguando progresivamente para que Jesús pudiera crecer. La identidad de Juan, su sentido de valor, dignidad, su validación como persona no venía del rol que ocupaba, ni del impacto que producía, sino más bien de su relación con Dios y la misión que le había encomendado. Cuando esto está claro, no únicamente en la mente, sino también en el corazón, uno ejerce el ministerio con libertad, paz, seguridad y confianza; no hay enemigos, rivales ni competidores a la vista; no hay peligro para nuestra identidad ni seguridad. Uno puedo menguar en su rol, incluso perderlo, sin que su identidad se vea afectada en lo más mínimo.

El problema es que muchos líderes confunden rol e identidad. Definen su identidad, no por la relación que tienen con Dios, no por el hecho de ser amados y aceptados incondicionalmente por Él, no por haber sido elevados a la categoría de hijos y herederos, sino por el rol y el ministerio que tienen y ejercen. Su identidad está vinculada al rol, éste es el que les dota de valor, dignidad y sentido; éste es el que los valida como personas. ¿Cuál es el resultado de todo eso? Pues que dichos líderes tienen horror a perder su rol; si lo pierden no son nadie, pues, como afirmé, su rol define su identidad y valor. Estos líderes ven el crecimiento de otros, su madurez, su desarrollo, como una amenaza a su rol y, consiguientemente, a su identidad. Esto llevará a esos líderes a reaccionar porque, en el fondo, no es su rol lo que les preocupa, sino su identidad; es ésta la que está en juego y, en muchas ocasiones, reaccionarán inconscientemente para protegerla. Para este tipo de líderes es muy difícil, si no imposible, el hacer suya, vivir y poner en práctica la afirmación del Bautista.


¿Cuán saludable es la relación entre tu rol y tu identidad?