¿CONOZCO A DIOS?



Estamos ciertos de que conocemos a Dios si cumplimos sus mandamientos. Quien dice: "Yo le conozco" pero no cumple sus mandamientos, es un mentiroso y está lejos de la verdad. (1 Juan 2:3-4)

La palabra conocer tiene significados diferentes para diferentes personas. Influenciados por nuestra cultura podemos pensar que conocer es algo mera o principalmente intelectual. Se trataría en este caso en tener información acerca de algo o alguien. Sin embargo, puedo tener mucha información sobre Julio César y nunca lo conoceré personalmente. Puedo tener información acerca de Dios sin que eso signifique que he tenido un encuentro personal con Él. Conozco acerca del Señor pero no le conozco a Él. Otros sectores del cristianismo hacen énfasis en la experiencia emocional y para ellos el conocimiento de Dios es la experiencia de Dios. Si tenemos en cuenta que cada persona, por designio del Señor, es única y singular, este conocimiento experimental de Dios sería totalmente subjetivo, acorde con la singularidad de cada individuo. Sería, por tanto, imposible determinar cuál es la experiencia correcta, por así decirlo, de Dios.

Juan es mucho más claro, pragmático y directo. Sin negar la validez de la experiencia que, sin duda ocupa un lugar importante en la fe cristiana, y tampoco la importancia del conocimiento intelectual, afirma que la prueba fehaciente de que realmente conocemos al Señor es la obediencia a sus mandamientos. Afirmar que somos seguidores del Maestro y no vivir obedeciendo sus preceptos es llana y simplemente una mentira y pone de manifiesto que estamos bien lejos de la verdad. El conocimiento que no se plasma en obediencia es pseudo conocimiento, no es auténtico ni real.


¿Cómo es tu conocimiento de Dios?

CONFESAR, ESTAR DE ACUERDO



Si, por el contrario, confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos purificará de toda maldad. (1 Juan 1:9)


El dilema de la realidad del pecado en la vida del seguidor de Jesús sólo puede resolverse por medio de la confesión. La palabra confesar -homologeo en griego- significa estar de acuerdo. Cuando confesamos nos ponemos de acuerdo con Dios con relación a varias cosas. La primera, que nuestro pecado está mal y es una ofensa contra Dios y su autoridad. La segunda, que nuestro pecado ya ha sido perdonado gracias al sacrificio de Jesús en la cruz. Todos nuestros pecados, presentes, pasados y futuros ya han sido perdonados. La confesión no significa un nuevo perdón, sino experimentar aquel que Jesús ya ganó para nosotros con su muerte y resurrección. La tercera, que debemos arrepentirnos, es decir, cambiar de actitud y conducta con respecto al pecado.

Sólo cuando estos tres ingredientes están presentes hay una auténtica confesión. Quisiera, sin embargo, hacer énfasis en la tercera de las condiciones, el arrepentimiento o cambio. No debemos confundir la contricción, es decir, el dolor que sentimos por haber pecado, con el arrepentimiento, el cambio de actitud y conducta con respecto al mismo. Podemos tener mucha contricción y nulo arrepentimiento.


¿Por que afirmo que la confesión resuelve el dilema que el pecado genera en la vida del seguidor de Jesús?


DIOS ES LUZ, 4



Si alardeamos de no haber pecado, dejamos a Dios por mentiroso y además es señal de que no hemos acogido su mensaje. (1 Juan 1:10)


La relación del seguidor de Jesús con el pecado es un auténtico dilema. Dicen que un dilema es algo que no puedes resolver pero que tampoco puedes ignorar o evitar. El pecado sigue siendo, queramos admitirlo o no, una realidad en nuestras vidas; realidad que no siempre sabemos cómo manejar. El pecado sigue teniendo atracción y poder de seducción sobre nosotros, de lo contrario, si éste no fuera atractivo (recordemos el caso de Eva y el fruto prohibido) nadie pecaría. El pecado pone de manifiesto nuestras contradicciones, aquello que Pablo tan bien expresó en Romanos 7 cuando hablaba de hacer lo que no queremos y dejar de hacer aquello a lo que aspiramos. El caso se complica cuando uno vive bajo una estructura teológica que no afronta la realidad del pecado en la vida del creyente y, consiguientemente, éste queda a merced de unas contradicciones y tensiones que no puede ni sabe explicar. 

Juan puede decirlo más alto pero no más claro. Si afirmamos que no hay pecado en nuestras vidas estamos dejando a Dios por mentiroso y es una señal evidente de que no hemos acogido y entendido su mensaje. El pecado es y será una realidad en la vida de todo seguidor de Jesús, pues si bien hemos sido liberados de las implicaciones judiciales del mismo -hemos sido justificados- no lo hemos sido de su presencia, algo que entiendo -aunque puedo estar equivocado- no se llevará a cabo hasta que estemos en la presencia de Dios.


¿Cómo vives y experimentas la realidad del pecado en tu vida?

DIOS ES LUZ 3



Si alardeamos de no cometer pecado, somos ilusos y no poseemos la verdad. (1 Juan 1:8)


Esta afirmación es una segunda implicación del hecho de que Dios es luz y en Él no hay ningún tipo de tinieblas. Los comentaristas bíblicos afirman que Juan está hablando acerca de asumir responsabilidad por nuestro propio pecado, por nuestra propia realidad. Cada uno de nosotros es plenamente responsable por sus pensamientos, motivaciones, actitudes, acciones y omisiones. Es fácil echarle la culpa a otros, al entorno, a las circunstancias, a nuestras debilidades de carácter. Es fácil absolvernos a nosotros mismos de aquello que culpamos a otros. Afirma la Escritura que nuestro corazón es engañoso y nos justificará en cosas que ante los ojos de Dios carecen de todo tipo de justificación. Juan afirma con claridad que nos engaños a nosotros mismos -somos ilusos- y no poseemos la verdad si no tenemos el valor de afrontar la responsabilidad por nuestro propio pecado y lo llamamos por su nombre.


¿Hasta qué punto permites que el corazón te engañe con respecto al pecado?

DIOS ES LUZ 2


Dios es luz sin mezcla de tinieblas.  Si vamos diciendo que estamos unidos a Dios pero vivimos en tinieblas, mentimos y no practicamos la verdad. (1 Juan 1:5-6)

Además de dar vida e iluminar nuestra realidad como seres humanos, la afirmación de Juan tiene un profundo sentido ético. No es nada nuevo ni privativo del cristianismo el contraste entre la luz -lo bueno- y las tinieblas -lo malo-. En Juan capítulo 3 ya vemos como aquellos que hacen el mal buscan el amparo de las tinieblas para encubrir su estilo de vida. En la Biblia la luz se asocia con la santidad de Dios y, por tanto, la total ausencia de cualquier tipo de maldad en Él. Juan rápidamente ve y nos hace ver la implicación: es imposible decir que estamos unidos a Dios y, al mismo tiempo, vivir en las tinieblas. Dicho con otras palabras, no podemos tener una relación con el Señor si permitimos de forma intencional el pecado en nuestras vidas; ambas cosas son incompatibles entre sí.

Juan no se refiere a que estemos exentos de pecado -nunca lo estaremos hasta que un buen día lleguemos ante la presencia de Dios-. El apóstol se refiere a ese pecado que es permitido, que se ha convertido en habitual, que es tolerado y ya está incorporado en nuestro estilo natural de vida, forma parte de quién somos nosotros. Ahí es donde el escritor de la carta encuentra una incompatibilidad con el carácter de Dios.


Cuando pones tu vida a la luz ¿Qué hábitos de pecado es posible que estés permitiendo en tu vida?





DIOS ES LUZ



Este es el mensaje que escuchamos a Jesucristo y que ahora os anunciamos: Dios es luz sin mezcla de tinieblas. (1 Juan 1:5)


Jesús se describió a sí mismo como la luz del mundo, por tanto, tiene todo el sentido lo afirmado por Juan en este versículo. Muchas religiones han identificado a la deidad con el sol por su capacidad de dar vida y luz. La vida física sería totalmente imposible sin la luz, del mismo modo la vida, en su dimensión holística, es imposible sin Jesús. Él afirmó que había venido para darnos vida y ésta en abundancia. 

Sin embargo, la luz también tiene una característica que podríamos afirmar es peligrosa: todo lo pone de manifiesto, tanto lo bueno como lo malo. Paradójicamente cuanto más nos acercamos al Señor más conciencia vamos adquiriendo de nuestro pecado y de nuestras carencias morales, éticas y espirituales. En línea con la paradoja, cuanto más lejos estás de la luz menos conciencia tienes de tu situación. No es de extrañar lo que afirma Juan en su evangelio, cuando la luz vino al mundo las personas amaron más las tinieblas que la luz porque sus estilos de vida no eran los adecuados. 

Necesitamos acercarnos a la luz con un doble propósito: tener vida y tener conciencia de nuestra realidad para poder permitir que el Señor vaya trabajando en la misma, la vaya puliendo, la vaya transformando hasta que seamos más y más semejantes a Él.


¿Cómo es tu relación con la luz?

DIOS ES LUZ



Este es el mensaje que escuchamos a Jesucristo y que ahora os anunciamos: Dios es luz sin mezcla de tinieblas. (1 Juan 1:5)


Jesús se describió a sí mismo como la luz del mundo, por tanto, tiene todo el sentido lo afirmado por Juan en este versículo. Muchas religiones han identificado a la deidad con el sol por su capacidad de dar vida y luz. La vida física sería totalmente imposible sin la luz, del mismo modo la vida, en su dimensión holística, es imposible sin Jesús. Él afirmó que había venido para darnos vida y ésta en abundancia. 

Sin embargo, la luz también tiene una característica que podríamos afirmar es peligrosa: todo lo pone de manifiesto, tanto lo bueno como lo malo. Paradójicamente cuanto más nos acercamos al Señor más conciencia vamos adquiriendo de nuestro pecado y de nuestras carencias morales, éticas y espirituales. En línea con la paradoja, cuanto más lejos estás de la luz menos conciencia tienes de tu situación. No es de extrañar lo que afirma Juan en su evangelio, cuando la luz vino al mundo las personas amaron más las tinieblas que la luz porque sus estilos de vida no eran los adecuados. 

Necesitamos acercarnos a la luz con un doble propósito: tener vida y tener conciencia de nuestra realidad para poder permitir que el Señor vaya trabajando en la misma, la vaya puliendo, la vaya transformando hasta que seamos más y más semejantes a Él.


¿Cómo es tu relación con la luz?

CAMINÓ ENTRE NOSOTROS



Lo que existia desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado y tocado con nuestras manos en relación con la Palabra de la vida, -se trata de la vida eterna que estaba junto al Padre y que se ha manifestado, que se nos ha hecho visible y nosotros la hemos visto y damos testimonio de ella y os la anunciamos-. (1 Juan 1:1-2)


Juan comienza su mensaje proclamando algo de vital importancia: la encarnación de Dios en la persona de Jesús. A nosotros, en pleno siglo XXI, puede parecernos a primera vista algo innecesario; sin embargo, en aquellos momentos -finales del siglo I- era algo de tremenda importancia. Se extendía entre la iglesia la creencia de que Dios no se había realmente hecho ser humano, lo parecía, pero no lo era. Como resultado de la influencia de la filosofía griega que consideraba lo material y, por tanto, el cuerpo, como malo por naturaleza, era incomprensible que Dios, espíritu puro por excelencia, se hubiera rebajado a compartir la materia en forma humana. 

Pero esta es una de las maravillas de la fe cristiana, Dios ha decidido ser como uno de nosotros, caminar en medio nuestro, vivir nuestra realidad, identificarse con ella en todas sus dimensiones incluyendo la muerte, con la única excepción del pecado que no la tentación. Al vivir en medio nuestro nos ha enseñado lo que significa ser un verdadero, genuino y auténtico ser humano. Nos ha dado un ejemplo de humanidad pero, aún más, nos ha dado la versión último y definitiva de cómo es Dios, qué piensa de nosotros y cuál es su actitud hacía nosotros los seres humanos. Creo que por eso es tan importante que Juan comenzara su escrito afirmando la humanidad de Jesús, de lo contrario la fe cristiana quedaría vacía de una buena parte de su contenido único y singular.


¿Qué significa para ti esta frase de uno de los padres de la iglesia: "El se hizo lo que somos nosotros, para hacernos lo que Él es?

SOBRE EL LIDERAZGO



Recordad a los dirigentes que os anunciaron el mensaje de Dios. Tomad nota de como culminaron su vida y seguid su ejemplo de fe. (Hebreos 13:7)


Cuando leo este versículo veo claramente dos aristas o facetas. Como seguidor necesito desesperadamente personas que sean un ejemplo para mí, ejemplo de fe, ejemplo digno a imitar, ejemplo de que Jesús es real y visible en ellos, su forma de pensar, de actuar, de motivarse de afrontar la realidad, los retos, los conflictos y los problemas. De hecho, cuando miro a un líder es lo que busco en él. Supongo que con la edad ya no me impresiona ni su carisma, ni sus logros, ni su capacidad de movilizar personas, ni su currículo académico, ni cualquiera otra de las muchas cosas que a los ojos de la sociedad cristiana hacen un líder grande. Todo lo anterior se puede hacer sin tener a Dios presente en la vida. Busco, y creo que es lo que busca cualquier seguidor honesto de Maestro, destellos de la vida de Jesús en la persona y figura del líder. Consecuentemente, y dentro de mi pequeño y limitado liderazgo me pregunto eso mismo ¿Cuánto de Jesús pueden ver otros en mí? Espero que algo :-(


¿Cuánto puedes ver de Jesús en tu líder? Líder ¿Cuánto de Jesús es visible en ti?

UNA VERSIÓN POSMODERNA DE LA HOSPITALIDAD



No echéis en olvido la hospitalidad pues, gracias a ella, personas hubo que, sin saberlo, alojaron ángeles en su casa. (Hebreos 13:2)

El mundo siempre ha sido, y continúa siendo, un lugar hostil. En los tiempos bíblicos -y todavía en muchos lugares hoy en día- las leyes de hospitalidad eran sagradas y proveían una mínima seguridad a las personas que se desplazaban de un lugar a otro. No existía infraestructura hotelera y un viajero siempre podía ser presa de ladrones, gente violenta o, simplemente desaparecer. Proveer hospitalidad era un deber dado por Dios en el Antiguo Testamento y que se extendió a la naciente iglesia cristiana. Misioneros, personas de una comunidad cristiana que por razones de negocios, personales o de otra índole necesitaban viajar encontraban asilo y seguridad en una iglesia que practicaba la hospitalidad.

No cabe duda que en muchos lugares de la cristiandad esta práctica se ha ido perdiendo; el aumento del poder económico de las personas y el desarrollo de infraestructuras de acogida ha hecho, cuando menos, no tan necesaria esta virtud de parte de la comunidad de seguidores de Jesús. Por eso tal vez se hace necesario el reinterpretar el significado de esta práctica en nuestros contextos. Una de las acepciones del término -según el diccionario- es prestar asistencia a alguien en sus necesidades. En el pasado un lugar donde pasar la noche era una necesidad perentoria, hoy en día una persona que dedique tiempo otra, un oído amable dispuesto a escuchar y prestar atención pueden ser nuevas formas de hospitalidad para un mundo donde el tiempo se ha convertido en el bien más valioso y todos estamos tan centrados en nosotros mismos que carecemos del mismo o, mejor dicho, no tenemos la disponibilidad para invertir el mismo en los demás. 

Es cierto que no todos tenemos casas que abrir -muchos a pesar de tenerlas no lo hacen- pero incluso si eres joven y careces de tu propia vivienda puedes abrir tu corazón a la hospitalidad de escuchar, de dedicar tiempo, de acompañar en procesos vitales.


¿Qué te impide practicar la hospitalidad?